
La sociedad boliviana enfrenta un desafío monumental para lograr una cohesión social que permita superar la confrontación y la violencia que está latente en el país. La reciente disputa en torno a una exposición fotográfica en Manzana Uno, Santa Cruz de la Sierra, ha evidenciado varios aspectos críticos: la hoja de coca como símbolo cultural, la práctica del acullico y boleo, y la problemática del narcotráfico asociada con la producción excesiva de esta planta.
La mayoría de la población, que se siente distante de estos fenómenos, enfrenta a diario las consecuencias de una situación compleja. En este contexto, el ciudadano común se convierte en un espectador pasivo de un conflicto que gira en torno a la hoja de coca, lo que demuestra la necesidad de que el Estado asuma su responsabilidad en asegurar la salud pública y la inocuidad alimentaria.
Es fundamental que se regule el boleo en espacios públicos, para garantizar el respeto hacia quienes no participan de esta práctica. Aunque la legislación actual reconoce el consumo de coca, no existen normas específicas que controlen el boleo en lugares públicos, lo que genera una falta de regulación y un vacío en cuanto a la inocuidad alimentaria.
Investigaciones sobre inocuidad alimentaria.
Estudios como el realizado por Rocío Condori Bustillos y su equipo revelan que la hoja de coca puede contener niveles peligrosos de bacterias, hongos y otros contaminantes. Esto pone en evidencia la necesidad de establecer normativas que regulen la calidad de este producto para consumo humano. La investigación identificó la presencia de contaminantes como piedras, telarañas y cabellos, lo que resalta la urgencia de abordar la seguridad del consumo.
Además, es importante abordar los inconvenientes del consumo de hoja de coca en lugares cerrados, regular los espacios donde se vende y gestionar adecuadamente los desechos que genera su uso. El Estado tiene la responsabilidad de proporcionar garantías sanitarias a quienes consumen hoja de coca.
A pesar de contar con leyes como la Ley 906 y el Decreto Supremo Nº 3318, que regulan aspectos de la producción y comercialización de la hoja de coca, persiste un vacío en la regulación del consumo, lo que provoca un descontrol en la venta directa al público.
Por lo tanto, los gobiernos municipales deben asumir el control de la calidad y la sanidad de los productos en los mercados y espacios de su jurisdicción. Es imperativo que, en ausencia de una regulación nacional específica, los municipios promulguen sus propias leyes que garanticen la inocuidad y el control del consumo de hoja de coca, protegiendo así a la población.
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