Desentrañando el lenguaje del Estado: Un reto colectivo
por Milton Terrazas
26 de octubre de 2026

En mi labor como periodista, a menudo me encuentro investigando el significado de términos como «superávit», «asfixia fiscal» o «seguridad jurídica». Estas palabras son pronunciadas por autoridades y expertos con una aparente familiaridad, pero detrás de ellas se esconden decisiones que afectan nuestra cotidianidad. Esto me lleva a cuestionar: ¿cómo podemos traducir este lenguaje especializado a un público que no está familiarizado con él?
Anthony Giddens habla de cómo nuestras sociedades están guiadas por sistemas expertos cuyo funcionamiento no siempre es claro para la mayoría. Las decisiones que tomamos a diario se basan en conocimientos especializados que confiamos, a pesar de no comprenderlos del todo. El Estado también se encuentra en esta situación, utilizando normas y conceptos que pueden resultar complicados de entender para la ciudadanía.
En el ejercicio del periodismo, he aprendido que informar no se trata solo de repetir lo que dicen las autoridades o simplificar frases complejas. Un concepto económico o una normativa legal pueden parecer distantes hasta que captamos su influencia en nuestra vida cotidiana. El verdadero desafío es encontrar las palabras apropiadas y, antes de eso, saber qué preguntas hacer.
La responsabilidad compartida de comprender.
Entre las diversas coberturas y eventos a los que asisto, me asalta una reflexión: ¿qué pasa con nuestra responsabilidad de entender? Exigimos cuentas a las autoridades, lo cual es justo, pero ¿qué ocurre cuando informarnos implica más tiempo y esfuerzo del que estamos dispuestos a invertir?
Anthony Downs introduce el concepto de ignorancia racional, que plantea que informarse tiene un costo en términos de tiempo y atención. Muchas personas pueden pensar que su influencia sobre las decisiones políticas es tan limitada que no vale la pena dedicar esfuerzo a temas que parecen lejanos o complicados. Como resultado, se termina ignorando lo que no se entiende completamente.
No obstante, esto no indica que la gente no se preocupe por su entorno. El verdadero riesgo aparece cuando esta desconexión se convierte en la norma y dejamos de cuestionar cómo se toman las decisiones que nos afectan. Una sociedad donde pocos comprenden lo público puede perder la capacidad de interrogar y demandar explicaciones.
Al decir «no entiendo», es fundamental no rendirse. No es necesario dominar cada concepto oficial ni cada término técnico, pero no debemos conformarnos con la idea de que no vale la pena entender. Comprender lo que sucede en lo público no debería ser un privilegio, ni una carga que dejemos exclusivamente a otros.
Vivimos en una era donde la información fluye a una velocidad asombrosa: desde titulares hasta breves explicaciones en redes sociales. Si bien esto facilita el acceso a los temas, muchas veces se queda en una comprensión superficial, sobre todo cuando compartimos información sin verificar su validez o descartamos lo que requiere un análisis más profundo.
Por ello, traducir el lenguaje del Estado no consiste únicamente en simplificarlo, sino en acercar las decisiones públicas a la vida cotidiana sin perder su precisión o profundidad. Las instituciones deben ser claras en sus comunicados; los periodistas, por su parte, debemos esforzarnos en comprender antes de informar, contribuyendo así a una ciudadanía que interroga y analiza activamente.


