La espiritualidad prevalece en la festividad de Urkupiña frente al desarrollo comercial
por Milton Terrazas
9 de agosto de 2026

A medida que avanzamos en el siglo XXI, en un mundo dominado por la tecnología y la Inteligencia Artificial, la imagen de los millones de devotos de la Virgen de Urkupiña que se dirigen al cerro de Cota se mantiene inalterable. Cada año, los días 14, 15 y 16 de agosto, una multitud de fieles se congrega en Quillacollo para honrar a la virgen, pero las visitas al santuario se extienden durante todo el mes, atrayendo a feligreses de Cochabamba, otras regiones de Bolivia e incluso del extranjero.
La historia de la Virgen de Urkupiña se remonta a finales del siglo XVIII, cuando una niña pastora, al cuidar su rebaño, tuvo un encuentro con una mujer y un niño en el cerro de Cota. Al ser los pobladores testigos de la ascensión de la Virgen María, la niña proclamó en quechua, “Jaqaypiña urkupiña”, que significa “ya está en el cerro”, dando origen a la devoción actual.
La celebración ha adquirido tal relevancia que, a partir de este año, el 14 de agosto es feriado departamental en Cochabamba, marcando la suspensión de actividades tanto públicas como privadas. Además, la festividad fue reconocida como Patrimonio Cultural de Bolivia mediante la Ley 2536 en 2003, buscando resguardar sus tradiciones y el fervor religioso.
La festividad no se limita a las danzas y el comercio, sino que refleja la profunda religiosidad de los peregrinos. Familias que caminan juntas, bolivianos residentes en el extranjero que regresan por promesas, solicitantes de empleo, parejas recién casadas y muchos otros, ven en esta devoción una esperanza tangible. Cada pedido, sea de salud, trabajo o prosperidad, se expresa ante la Virgen, manteniendo viva la confianza en su intercesión.
Uno de los aspectos más simbólicos de esta peregrinación es el Calvario, donde los devotos, tras una larga caminata, extraen piedras del cerro como símbolo de sus peticiones. Para ellos, cada roca representa un préstamo de esperanza, que regresan al año siguiente como muestra de gratitud o cumplimiento.
Asimismo, la venta de alasitas, miniaturas que simbolizan los deseos de los devotos, refuerza el vínculo entre la fe y la materialización de anhelos. Al presentar estos objetos ante la Virgen, los creyentes fusionan prácticas católicas con rituales andinos, creando una rica tradición donde la ch’alla y la veneración a la Pachamama se entrelazan con la devoción hacia la Virgen de Urkupiña, resaltando la coexistencia de ambas dimensiones en la vida espiritual de los bolivianos.


