Reflexiones sobre la ejemplaridad en la gestión pública
por Silvia Orellana
17 de agosto de 2026

En la actualidad, la cultura de la impunidad en Bolivia se manifiesta en comportamientos como el de ignorar un semáforo en rojo o percibir las obligaciones fiscales como meras sugerencias. En este contexto, la conducta de los funcionarios públicos se vuelve crucial, ya que ellos son los responsables de liderar con el ejemplo y establecer un marco legal que todos deben seguir.
El caso del ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, y la compra de su vehículo Audi Q4 e-tron, no solo involucra cuestiones administrativas, sino que plantea interrogantes más profundas sobre la integridad de quienes están al frente de la administración pública. La discrepancia en los valores reportados, donde el auto tiene un costo de Bs 350.000 y está registrado por Bs 50.000, merece una aclaración que vaya más allá de las justificaciones ofrecidas por el ministro.
A pesar de que Espinoza intenta enmarcar la controversia como un problema de gestión administrativa, es difícil ignorar que él es la máxima autoridad en materia tributaria y debe ser ejemplar en su conducta. Este incidente no se puede trivializar comparándolo con las situaciones fiscales de figuras del espectáculo, ya que el ministro está íntimamente vinculado al sistema que él mismo debe hacer respetar.
Existe también un error en la estrategia comunicacional adoptada por Espinoza. Las autoridades enfrentadas a controversias de esta índole tienen dos rutas: defenderse de manera agresiva o reconocer que la transparencia es su mejor defensa. Optar por la segunda opción suele ser más eficaz, ya que asumir la responsabilidad puede fortalecer la confianza pública.
En esencia, el dilema no radica en el automóvil en cuestión, sino en la discrepancia entre las expectativas que el gobierno establece para la sociedad y el comportamiento de sus propios funcionarios. La humildad y el reconocimiento de errores pueden ser una oportunidad para reforzar la relación con la ciudadanía, mientras que la soberbia solo ahonda la desconexión con la opinión pública.
En conclusión, la gestión pública debe estar siempre acompañada de una ética sólida y un compromiso con la ejemplaridad, puesto que la verdadera fortaleza de un gobierno radica en su capacidad para liderar con integridad y responsabilidad.
La transparencia es la mejor defensa y no por nada en culturas como la japonesa se aprende que agachar la cabeza ante un error no es una muestra de humillación, sino un gesto de respeto profundo hacia quienes observan tus acciones.
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