Reflexiones sobre la irreversibilidad de la pérdida
por Tatiana Ledezma
30 de julio de 2026

Mi encuentro con Yerko Guevara se remonta a varios años atrás; desde el primer momento, su singularidad fue evidente y con el tiempo solo se reafirmó. En mi casi cuatro décadas de trayectoria en comercio exterior, no era raro cruzarme con él, quien se desempeñaba como gerente general del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), mientras que él, como un joven reportero, comenzaba a hacerse notar por su valentía y dedicación en el periodismo.
Su humildad fue una característica constante a lo largo de su carrera, a pesar de la experiencia y el reconocimiento que acumuló con el tiempo. Yerko no solo brilló por sus informes audaces, sino por su capacidad de transmitir una sonrisa genuina y una actitud empática, recordándonos que detrás de cada rostro hay historias y luchas propias.
Desarrollamos una amistad sincera, donde la preocupación por el bienestar del otro era mutua. Durante años, oré por él, atendiendo su solicitud de apoyo espiritual, mientras él también me incluyó en sus oraciones. Estos vínculos trascienden lo profesional, y cada encuentro era una oportunidad para compartir risas y aprendizajes.
Recuerdo especialmente sus consejos durante las entrevistas. Cuando mis respuestas se volvían extensas o evasivas, él me recordaba con humor que lo esencial en la comunicación radica en la precisión. “Chocó, volcó, murió”, solía decirme, ilustrando la importancia de ser claro y directo en el mensaje.
Sin embargo, el 22 de julio de 2026, un silencio repentino se instaló en nuestras vidas al recibir la impactante noticia de su fallecimiento. A sus 48 años, Yerko tenía un camino por delante; su muerte causó un profundo desconcierto entre colegas y amigos que lo veneraban por su integridad y calidad humana.
La pérdida de alguien querido nos confronta con nuestro propio duelo, donde el vacío que dejan se siente intensamente. Aunque espiritualmente, se nos dice que han pasado a un lugar mejor, el dolor por su ausencia es palpable. En esos momentos, recordamos las cosas simples que nunca dijimos: un “gracias”, un “perdón”, un “te necesito”.
A menudo, reflexiono sobre la sabiduría de Salomón, quien afirmó que es preferible ir a un velorio que a una celebración, porque el primero nos recuerda la realidad de nuestra existencia y nos ofrece una oportunidad para valorar la vida y reconciliarnos con quienes nos rodean. Al fin y al cabo, cada despedida nos invita a considerar cómo vivimos y lo que realmente apreciamos en nuestro paso por este mundo.
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